miércoles, septiembre 28, 2011

Salvar lo insalvable

Soy de la U y el sábado no estuve en el estadio. La verdad es que en los últimos cinco años solamente he ido una vez a ver un clásico, y confirmé lo que ya sabía. Ya no daba gusto, ya no me sentía seguro, ni siquiera en el estadio de mi equipo. Por eso vi el último clásico sentado en un café comiendo y viendo el partido por televisión. Disfrute muchísimo del gol en el último minuto y le dije a mi mujer que ese gol era la última perla de un día perfecto, bello y memorable. Poco después todo había cambiado, la incredulidad fue remplazada por indignación y esta por furia, en la medida que pasan los días y escucho los comentarios de los dirigentes de los clubes.



Escucho a un dirigente de la U decir que jugar sin público sería retroceder en lo logrado, y la vergüenza me invade. De que logros está hablando, debo ser ciego por no haberlos registrado, debo estar viviendo en otro planeta. Todos lamentan la muerte de Walter, pero piden de manera asolapada que no haya cambios. Que es un problema social, que los barristas empadronados no tienen nada que ver, que es una cuestión de delincuentes que se han infiltrado.


A la medida que surgen las imágenes en la televisión, la furia en mi aumenta y pasa a ser mas bien una ira fría. Veo como seres humanos masacran salvajemente a otros seres humanos, en los palcos del Estadio Monumental y en Pista Nueva. Veo también como hinchas de otro equipo en las escaleras que dan acceso al sector palcos asaltaban a dos chicas para quitarles el polo de su equipo y utilizarlos de trofeo. Recuerdo imágenes recientes de partidos de la Copa Perú, y algunas escenas de violencia impresionante en un campeonato organizado por una empresa para sus trabajadores. Y recuerdo lo que viví en carne propia en el último clásico que visité, donde en el estacionamiento de la U unos imbéciles con whisky en mano atacaron, luego del partido que la U ganó, a un adolescente con polo del Alianza, y no les importó que este fuese hijo de un socio de la U. Si no fuera por un amigo también socio de la U, le hubieran reventado la cabeza a punta de una botella de whisky, no me acuerdo si fue Johnny Walker, ni que etiqueta.


Entonces sí, sí quiero que el descentralizado de este año se juegue hasta el final sin público. No tengo idea como saldrán del problema económico que esto cause a los clubes, ni como harán para pagar sus planillas y obligaciones. El hecho es que con la taquilla tampoco lograban pagar con decencia, de manera que jugar sin taquilla no cambiará mucho la naturaleza de su negocio, de por si totalmente precario e improvisado, con contadas excepciones.


Cerrar los estadios al público es un gesto terrible por lo visible que es para todos. Y de eso se trata. Escuche decir a un dirigente de un club que en otros países habían aplicado programas inteligentes y no tan radicales, y menciona Argentina e Inglaterra. ¡Qué fácil es hablar sin conocimiento! O peor, con conocimiento, pero sin moral.


En primer lugar en Argentina todavía no han logrado extirpar la violencia de sus estadios. De manera que en lo que es el manejo de la violencia no es el mejor de los modelos. Y en el caso de Inglaterra, el modelo de todos, nadie parece recordar que fue suspendida por dos largos años de todo partido internacional por los sucesos en el estadio de Heysel el 29. de mayo de 1985. Ojo, no se castigó solamente a los hooligans del Liverpool, o a este club. Todo un país tuvo que pagar de esta manera radical por la muerte de 39 tifosi, hinchas de la Juventus. Y estamos hablando de la civilizada Inglaterra, cuna del fútbol. Ese castigo fue el disparador de una profunda transformación del mundo del fútbol inglés que les tomó por lo menos 20 años, y por eso hoy, aunque los hooligans no han desaparecido del todo, uno puede ir allá al estadio con toda la familia o con la novia sin temer a perder la vida. No quiero que me maten dijo al micrófono un niño aliancista vestido con la blanca y roja. Su cara y la figura moribunda de Walter tirado debajo de los palcos me persiguen. Espero que algún día no tan lejano ese niño pueda ir al estadio de la U con su polo del Alianza, fastidiar a sus amigos de la U, si desea hacerlo, para luego subirse con ellos al carro de uno de los padres e ir tranquilo a casa.


¿Cómo hacer entonces para que una muerte sin sentido deje una lección o inicie un cambio?


Situaciones extremas necesitan gestos extremos. Por eso cerrar los estadios y obligar a los clubes jugar sin público es en mis ojos de hincha indignado una buena idea. Pero debe ser seguida por un gran número de otras iniciativas, más sostenibles, más inteligentes, pero también más difíciles de implementar porque necesitan que los diferentes actores sociales involucrados se pongan de acuerdo y cooperen. Hasta hoy no lo han hecho, pero es sabido que ante amenazas externas como es el cierre de los estadios, la gente se une a veces de manera milagrosa y logra ponerse de acuerdo. Y ese momento ha llegado.


Espero que los dirigentes de los clubes salgan a admitir que las cosas están muy mal, que no es posible seguir igual y que aceptan jugar sin público, y que asumirán de alguna manera los costos sin dejar en la calle a sus jugadores y empleados. Es un sueño pero podría suceder, porque ha sucedido en otras partes del mundo. Entonces no existe ninguna razón para que en el Perú no podamos iniciar transformaciones poderosas. Si con la muerte del vendedor ambulante tunecino Mohamed Bouazizi se inició la primavera árabe, nada impide que no podamos iniciar hoy la transformación de nuestro fútbol.


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