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Escapar de la fábrica del mal menor


Una vez más han salido las encuestas y esta vez dicen que lidera Lescano (sí, de Acción Popular, o lo que este antiguo Partido signifique hoy), seguido de Aliaga (sí, de Renovación pero bien podría ser cualquier otro, depende de cual ofreció el mejor producto por precio). Y todo el mundo comienza a calibrar su pensamientos y sentimientos para determinar cuál será el mal menor por quien tendrá que votar haciendo tripas corazón para evitar el temido mal mayor. Independientemente si las encuestas representan la realidad o no, me pregunto si acaso es posible dejar por esta vez ese principio de votación por el mal menor al que nos hemos acostumbrado en los últimos años.

 

Para comenzar se supone que todos debemos votar por ideas y no por personas. Y que si escuchamos o vemos candidatos o candidatas debemos solamente concentrarnos en su programa político. Eso es lo que se supone nos han enseñado y eso es lo que la millonada de candidaturas, si incluimos las campañas para el Congreso, nos tratan de vender. Pero eso nunca ha sido el único factor, como ya explicaban los romanos. La persona y la idea son indesligables. Y el estilo político así como lo que la persona escenifica como parte de su propia personalidad, consciente o inconscientemente, sabemos todos muy bien que terminan siendo determinantes a la hora de decidir en la cabina de votación. 

 

Es cierto que en el mundo vemos una tendencia para hacer campaña y para gobernar. Es un liderazgo caudillesco, de gestos duros, palabras fuertes y estilo impositivo, profundamente paternalista y por ende también abiertamente o a escondidas machista. Representan esta manera de hacer política los Trump, Bolsonaro, Putin, Orban, y sigue una larguísima fila a la que se unen casi todos los candidatos en carrera para las actuales elecciones en el Perú. Pero para quienes este estilo es altamente desconfiable y desagradable, pero que terminan, muy a su pesar, siguiendo la idea del mal menor, votando por alguien que en el fondo consideran impresentable o un peligro, sí hay otras opciones. Pienso que esta opción consiste no solamente en mirar el programa que anuncia el o la candidata sino al mismo tiempo la personalidad que emerge de sus apariciones públicas.

 

En la realidad, es decir en los medios informativos y los social media, así como en la ficción, lo que más gancho suele tener es la representación de ese caudillismo. No hay mucha diferencia si vemos en las noticias a Trump o Bolsonaro, o al primer ministro húngaro o polaco, o si miramos a un García, Fujimori, Toledo, García, Humala, PPK, Vizcarra, Merino (de Sagasti aun no he visto rasgos caudillistas que es el tema de esta nota).


En sí todos parecen sacados de la serie política más exitosa de todos los tiempos, es decir House of Cards, en la cual cada temporada resulta más deprimente que la anterior. Pero estamos convencidos que esa es la única manera de atraer votantes y amarrarlos. Y como esta serie hay muchas otras más que usan las herramientas de la ficción para terminar de apuntalar ese sentimiento de profunda desazón. 

 


Suciedad, degeneración e indecencia entonces son lo primero que asociamos muchísima gente cuando escuchamos política y elecciones. Y hay motivos de sobra para sentir así. Pero estas dos son mucho más. Son la única base para construir colectividad y buen vivir. Por eso el mundo político también aparecen siempre otros estilos que cuando se les da la oportunidad refrescan y saben poner señales de cambio y reforma. 


En la actualidad figuras que por ejemplo encarnan un liderazgo político diferente, que combina empatía con transparencia y habilidad negociadora, son Birgitte Nyborg, la primera mujer en alcanzar el cargo de Primer Ministro en Dinamarca, al igual que Jacinda Ardern que también es la primera mujer en hacer lo mismo en Nueva Zelanda. 

 

Ojo, la primera es producto de la imaginación de guionistas que han recogido el deseo de la audiencia de no tener que seguir el día a día de políticos miserables como el principal personaje de House of Cards. La segunda sí es muy real y es puesta en la comunidad internacional como ejemplo que sí se puede hacer política exitosa más allá del caudillismo neopopulista insoportable al cual muchos nos dicen que estamos condenados a soportar.

 

La serie sobre una primera ministra danesa ficticia ya tiene más de 10 años y aparece con sus tres temporadas entre las más vistas de Netflix (House of Cards seguramente ha tenido más rating con sus seis temporadas). Y la mayor parte de las personas a las que uno le pregunta si la conoce confirma que ya la vio. Y que la ama, no sé si la serie o al personaje. El liderazgo de la primera ministra político en Nueva Zelanda ha sido impresionante, ha logrado navegar en su país en un contexto muy complejo de intereses enfrentados donde lo único en que estos se sabían que podían encontrarse era la antipatía y resistencia hacia ella. 

 

Si miramos bien que tienen en común estas dos figuras, como construcción de personajes políticos, encontraremos varias cosas. Pero la principal es la ausencia de ese liderazgo que se desespera por aparecer, a como dé lugar, fuerte, determinado y hacedor, pero que en realidad destilan por todos los poros imposición de autoritarismo despótico, insensibilidad rayante con crueldad así como puro egoísmo, principios que están siempre al fondo de todo populismo. Por lo contrario las caracteriza la capacidad de transmitir que son capaces de ofrecer empatía, credibilidad y autenticidad incluso en las personas que discrepan de ellas. Antes que el impulso vociferante prefieren la formulación cuidadosa, antes de pegar con el puño en la mesa dan muestras de querer escuchar para luego buscar negociar consensos. Este tipo de liderazgo no se encuentra solamente en una posición "progre" o de "caviar", no es una treta, no es una ilusión inocente.

 

Este estilo existe y debería imponerse al otro. Y no es cosa de ser mujer o hombre. Es el estilo que también buscan otros políticos como por ejemplo Trudeau en Canadá o Macron en Francia y del cual quizá sea Merkel una de las precursoras. Próceres de ese estilo hay legión, si se mira en la historia con ánimo no apocalíptico. Están allí un Vaclav Havel, un Mandela, un Mujica, incluso un Gorbachov, que fue mucho más visionario, realista y humano que el actor que era su contrincante en ese entonces. El tiempo y los historiadores lo dirán. Pero regresemos al Perú. Pensamos que no tenemos opción que estamos condenados al mal menor, a votar por el vivo y pendejo. Pero eso es un pensamiento falaz, producto de un círculo vicioso. Y si hay opciones de escape.

 

En el Perú, entre todos los candidatos y candidatas presidenciales, Verónica Mendoza con su devenir, sus palabras y gestos ha demostrado muchas veces estar más cerca que todos los demás a este perfil político que he descrito y que me es esencial, que es antípoda al estilo de la bulla y la palabra fuerte y al liderazgo impositivo, al todo vale, al para mis amigos todo y a mis enemigos la ley, al caudillismo que tanto nos viene dañando hace por lo menos 200 años. Eso, y por y el hecho que sí me identifico con una posición que defienda el principio de la responsabilidad del Estado para asegurar bienestar y buen vivir para todos, que defienda la división de poderes, y crea de verdad en los principios de la economía social de mercado, me han llevado a escogerla como la candidata por la que votaré.





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